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«Llega el invierno»

Actualización: 2026-11-04 22:15:20 UTC

Cuelgo el cartel de «Cerrado» en el pomo y apago las luces.
Pocas sensaciones de libertad habrá en el mundo que superen este instante.

¿Cuánto tiempo habrá pasado desde que empecé a trabajar como camarero de bar por cuenta ajena en este lugar, un poco apartado de la zona de ocio?
Antes rebosaba de ambición: algún día tendría mi propio bar. ¿Adónde habrán ido a parar aquellas ganas?

Quizá solo conserve la costumbre de comprobar 2 y hasta 3 veces que he cerrado con llave. Poco más sigue igual que entonces.

El sol de la mañana parece atravesarme, y las miradas de quienes están empezando el día me hacen sentir incómodo.
Entre gente que busca el desayuno antes de trabajar, voy eligiendo cerveza y algo para picar.

Hoy estoy de buen humor. Compraré un poco más de lo habitual.
Por mi oficio, vivo rodeado de alcohol, pero no hay nada como una copa cuando por fin te has liberado de la presión.

Me encamino a un parque en penumbra, lejos de las miradas. Mi sitio de siempre también está libre hoy.
Me siento en un banco de madera que no puede considerarse precisamente cómodo y miro a mi alrededor.

A mi alrededor, los negros tienen una profundidad intensa, como si este rincón hubiera sido recortado del mundo cotidiano.
En cambio, si miro a lo lejos, puedo entrever la vida de todos los días envuelta en un velo blanco.

Lo mejor de todo es que mis únicos compañeros de vivienda, o casi, son las palomas.
Aunque, dentro de un rato, los bebés y los niños pequeños seguramente dominarán este mundo.

Abro una cerveza. El sonido del gas al escapar parece resonar por todo el parque.
Saco 1 bolsa de kaki-pi. Entre 2 y 3 trocitos llenos de vida no logran contener el impulso y se lanzan al suelo.

Una paloma se acerca como si llevara esperando ese momento. Vaya, a ti también te gusta, concluyo por mi cuenta.

Me dejo llevar por el sonido de las hojas caídas que se agitan en el aire seco, cuando de pronto la intensidad de los negros sube 3 niveles.
El agradable crujido de las hojas parece haberse quedado, sin que me diera cuenta, sin director de orquesta.

Con una inquietud creciente, busco el origen de esa extraña sensación.
El blanco. El blanco ha desaparecido.

Al comprender que, en un abrir y cerrar de ojos, han cambiado la paleta de colores del mundo,
me echo a la boca la poca cerveza que queda y el kaki-pi que tenía apretado en la mano.

Está empezando. El invierno llega ahora.

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